Como todas las tribus indoamericanas, los cherokees tenían por costumbre iniciar a sus hijos cuando alcanzaban la pubertad: había llegado el momento de dejar de ser un niño para ser un hombre. Cada progenitor cogía a su chico al anochecer, lo llevaba hacia un bosque frondoso donde lo sentaba en el suelo después de vendarle los ojos con una orden expresa: “No te muevas, no escuches los ruidos por muy extraños o peligrosos se te antojen, no hagas caso del tiempo, sólo comulga con tu entorno, con la naturaleza hasta que venga a buscarte. Cuando notes los primeros rayos de sol en tu piel, entonces quítate la venda, tardaré poco en aparecer. Suerte, hijo mío, compórtate como un verdadero miembro de tu tribu.”

El futuro guerrero se quedaba solo… Imagínense por un momento la noche de ésta criatura asustada, oyendo y notando peligros invisibles a su alrededor, a veces vencido por el sueño pero resistiendo al miedo, muerto de frío y angustia: sólo es un niño. Cuando por fin le llegaban las primeras sensaciones de calor con el anuncio del sol de un nuevo día, su primera reacción era quitarse la venda que lo había aislado durante horas interminables.

Su sorpresa era mayúscula: cerca de él estaba su padre atento toda la noche, se había creído abandonado a su suerte, temiendo algún peligro y rodeado de la soledad más absoluta, pero no, su progenitor había velado con y por él guardándolo con amor, vigilando que no le pasase nada malo. El niño ya todo un hombre volvía orgulloso y amando más a su padre si cabe; ya sabía el significado de muchas cosas, entre ellas que nunca estaría ni lo había estado, abandonado a su suerte.

Y ESO es lo que nos pasa a nosotros, pequeños humanos temerosos de la vida, de nuestra vida y sus acontecimientos. Aunque tengamos desesperanza, que pensemos que todo y todos nos han abandonado, que no veamos la salida de la oscuridad siempre tenemos un refugio, una mano, una presencia a nuestro lado: la soledad absoluta es una simple sensación negativa creada por nuestra mala costumbre de dramatizar y perder la objetividad. Somos UNO y nunca ni en las peores experiencias lo debemos olvidar, si podemos y sabemos analizar la situación siempre encontraremos el consuelo a través de algo o alguien, sólo tenemos que estar atentos a nuestro interior.

A todos nos ha cegado la terrible sensación de abandono como aquel niño cherokee en su larga noche, pero también nos volvió a calentar el sol del amanecer.

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