Nunca estamos solos aunque a veces parezca lo contrario sobretodo en momentos cruciales de nuestra vida. ¿Alguna vez nos hemos parados a pensar cuántas personas se han cruzado en nuestra vida?. Y ¿quién no ha tenido la sensación en momentos infernales de sentirse como “rescatado”?.

Las personas que hemos tocado fondo sabemos de qué estoy hablando: siempre aparece alguien, una vecina, un amigo, una simple llamada telefónica o aquella sensación de una presencia diáfana, salida de lo más profundo de nuestra desesperanza (la desesperación es algo distinto). En éste último caso puede ser solamente una reacción de supervivencia, pero cuando la ayuda toma forma humana, no hay ninguna duda: alguien o algo ha tomado una forma tangible cuando más lo necesitábamos. Estamos hablando de un caso extremo, pero en nuestra vida diaria también éste hecho se manifiesta.

Hemos conocido muchísimas personas, algunas (muy pocas veces) anodinas, otras sin embargo dejaron en nosotros una huella indeleble: aquel profesor que nos enseño tanto, aquel amigo o amiga de la cual hemos perdido el contacto pero sigue viva en nuestro corazón, aquel hombre o mujer que sería nuestra pareja para formar una familia… Y podría citar muchos ejemplos más.

Un ejercicio mental muy provechoso es ir intentando recordar cronológicamente los seres que pasaron por nuestra vida, nos olvidamos de muchos y no hablo sólo de humanos pueden ser también animales. Cada vez iremos recordando más y más e incluso nos sorprenderemos al acordarnos de tal o cual…

La memoria es muy selectiva pero si la vamos forzando aparecen seres que creíamos olvidados y todos nos enseñaron algo, sea bueno o malo. Está claro que los primeros en asomarse son los con los cuales hemos tenido más contacto, amor y empatia, los guardamos vivos en nuestra memoria pero a veces surgen algunos aparentemente olvidados por la fugacidad del encuentro. Si nos paramos a analizarlos descubrimos con sorpresa que todos sin excepción enriquecieron nuestra experiencia, los recordemos como negativos o no, con ellos nos damos cuenta que dimos y nos dieron, fue un INTERCAMBIO  no-casual. En cuanto nacemos el camino está escrito y no podemos deshacernos de su trazado, es nuestro destino. Está clarísimo que si nos cruzamos con personas malévolas, lo mejor es apartarse, si adoptamos un animal agresivo nadie nos obliga a dejarnos despellejar por él, ningún credo nos predestina a ser mártires.

A medida que pasan los años acumulamos ésta experiencia que nos lleva al conocimiento, no pasemos de largo de nadie ni de nada: es nuestro aprendizaje. Y lo que es muy importante es no guardar rencor a aquel o aquella que tanto daño nos hizo, era necesario para nuestro crecimiento y no tenemos ningún derecho a juzgar aunque de momento soltemos una retahíla de mil demonios, otra terapia muy buena para descargar nuestra frustrada rabia. Cuando estemos más calmados veremos que nada ni nadie es absolutamente bueno o malo.

La casualidad no existe, TODO ESTÁ MARCADO, sólo nos toca el saber discernir desde una perspectiva amorosa y comprensiva.

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