Nos pasamos la vida aferrándonos a creencias, personas, objetos y sueños; no es malo muy al contrario, vivir como un molusco aislado no nos dejará crecer.

Desde pequeñitos vivimos, la gran mayoría, rodeados de amor, de cuidados y con ilusiones: el deseo de jugar, una recompensa por cumplir con nuestra obligación, los Reyes Magos pero también con problemas : el miedo a la oscuridad, el primer día de colegio, éste juguete tan deseado que no llega… Todas estas nuevas experiencias que luego nos parecen menudencias pero que en aquel momento nos marcaron: estaban hechas a nuestra medida, luego crecerán con nosotros…

Vamos descubriendo y aprendiendo, llenamos la mochila acumulando peso positivo y negativo y a lo largo de los años abrimos los ojos, unos más que otros pero adquirimos la bendita experiencia (personal e intransferible); el primer revés que nos inflige la vida nos sorprende descolocándonos : la primera brecha está abierta y nos enfrentamos al dilema de repararla sacando un provecho interior o guardándola bien adentro para olvidar, todos deseamos la felicidad, de una forma u otra, somos UNO pero cada cual a su manera y cada vivencia amenazadora nos va desgastando sin que la mayoría de las veces sepamos cómo enfrentarnos a la realidad.

Y añadimos más y más peso en nuestro equipaje a la par de años vividos.  La madurez sin embargo no tiene edad, nos puede llegar a una edad temprana o podemos llegar al final del viaje sin haberla alcanzado… Cada persona reacciona  como buenamente sabe o puede, no tiene nada que ver con nuestras cualidades, todos tenemos un camino diferente y bastante cuesta ya seguir avanzando como para buscar hipótesis o intentar salirnos del trazado. El destino está marcado, sólo si lo aceptamos conseguimos algo positivo.

Nos vamos fabricando una armadura más o menos resistente a los golpes sin pensar que nada dura para siempre, si tenemos la suerte o la desgracia de llegar a una cierta edad, esta armadura se va haciendo cada vez más débil, los golpes que nos asestan nuestras vivencias nos hacen tambalear hasta que caemos, es cuando nos damos cuenta por fin, que o nos quitamos peso innecesario o estaremos vencidos sin remedio. Topamos violentamente con el “suelo-realidad” y llega la única reacción válida: “tengo que quitarme todo lo acumulado durante tantos años. ¿Qué me sobra? primero mis pérdidas afectivas, tengo que hacer MI DUELO,  dejar marchar mis fantasmas eso sí, sin olvidar, hacer una buena limpieza mental y material, sin por ello tirar lo que ya no me sirve, puede ser provechoso para otros, des-aprender para dejar sitio a las enseñanzas recientes o antiguas que me llenan de verdad, perdonar a todos y a todo lo que me dolió empezando conmigo.”

Tomar la decisión  de no cejar en el empeño hasta darse cuenta que nuestro bagaje se ha vuelto extrañamente liviano, no importa si caemos, lo importante es levantarse ayudados por la tan anhelada aceptación. Adiós miedos, rencores, frustraciones: SOY YO, ESTOY AQUÍ Y AHORA. 

Llegar a la meta con lo justo, con lo que de verdad nos parece importante, saber con certeza que nuestra vida no ha sido una farsa. Entonces sí podemos entregarnos, las manos llenas, el corazón henchido de amor  y la conciencia en paz. 

Estemos o no equivocados, no importa, nos quedan más viajes y sólo cuenta la entrega  pura del amor de nuestro corazón.

                  “Llegué desnudo e inocente, así quiero partir.”

wabi sabi

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