Miré en el espejo de mi vida y lo que ví no me gustó; demasiado tiempo pasado sin tomar aliento para recuperar fuerzas…

Mi espejo reflejaba nomás que fantasmas devueltos por un instante a mi vida, fantasmas sonriendo pero fantasmas, pequeños, grandes, jóvenes, ancianos… Intenté apartarlos para mirar mis ojos pero siguieron allí, un poco irónicos y sin más fueron desapareciendo muy despacio. Entonces comprendí que todo el amor que habíamos intercambiado seguía eterno, imperecedero, que ellos estaban a mi lado para sostenerme pero de poco me sirvió. El dolor me atenazó cuando quise decirles lo mucho que los añoraba, lo muy enfadada que estaba por haberme dejado aquí sola, por no poder tocar sus mano o depositar un suave beso en sus mejillas, llenar mi nariz de su olor olvidado, regalar mis oídos de su voz silenciada por los años. Sólo podía mirarlos, extrañadamente cercanos y sin embargo lejanos.

Mientras estaban mirándome les pregunté ¿porqué?, pero ellos seguían impávidos, puede que intentando transmitirme un mensaje crucial pero algo inexplicable embotaba mis sentidos y mi entendimiento, sólo tenía dolor, este dolor exacerbado que te parte el alma en mil pedazos. Estaba como en trance, incapaz de reaccionar y cuando los perdí de vista las lágrimas empezaron a aflorar, me dí cuenta una vez más que la única fuente inagotable son los ojos, nunca se secan del todo y cuando me pude ver tal como soy, con una crudeza desgarradora, tan vacía como un cadáver  curiosamente pensé en esa frase popular “¿Qué he hecho para merecer esto?” Sólo ví una mirada anegada tanto de agua como de recuerdos, una mirada que no conocía y sin embargo era mía.

Durante nuestro crecimiento como seres vivos y como humanos pasamos por diferentes etapas, el mundo es nuestro, nuestra prioridad es la esperanza de una vida completa y feliz, muchos la alcanzamos y somos reyes pero cuando los acontecimientos se tuercen vamos llegando a un claro desengaño que nos hunde. Entonces empieza el jueguecito de “ahora me hundo, ahora salgo a la superficie” y nos cuesta llegar a un mínimo equilibrio…

Y distinguí entre llantos una lucecita llamándome con insistencia, era insignificante pero tan brillante como el faro de Alejandría, me la habían dejado mis fantasmas, me habían hecho el súblime regalo de mostrarme el camino a seguir, el camino seguro de la unión más absoluta con ellos. Nada es eterno si no es cósmico, las épocas de mi vida habían pasado porque sí, ¿me sabía bien la lección?, creo que a pesar de los pesares merecía un cum laude, había dado y recibido tantísimo amor, ¿qué más podía pedir? Había comprendido por fin que nadie ni nada es para siempre durante nuestro paso aquí, me podré ir con las manos y el corazón llenos de lo que dí y recibí, reencontraré la parte de mi ser que perdí regalándola a mis fantasmas para que no se sintieran abandonados por mí cuando partieron, ellos mismos me la devolverán infínitamente.

Ahora yo me acunaré con nanas inacabables, bien envuelta en sábanas de ternura e inaccesible a todo lo malo y feo de este mundo cual crisálida esperando su hermosa transmutación, guardaré sin dilación el espejo en el fondo de mis recuerdos más amargos bien cubiertos por la losa del tiempo inconmensurable y sólo entonces, me quitaré la máscara que me impide ser feliz.

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