Fundamos nuestras miradas, amor, hermano, amigo.

No digamos una palabra, respetemos el silencio para escuchar mejor los gritos exacerbados de nuestra desesperación.

Quiero perder en tus pupilas el dolor que me corroe y exhalar en su color mi último aliento de cordura.

En una sola mirada puede deslizarse toda una vida sin necesidad de hablar, reflejar los recuerdos y dejar que afloren  las heridas aún sangrantes sin esperanza de curar.

Mírame bien a los ojos, verás mi infierno latente donde leerás mudos poemas malditos escritos con tinta carmesí. Leo también los tuyos el fruto de desencuentros, desengaños y silenciados por siempre. El equipaje pesa demasiado…

Déjame perder la memoria en esta mirada mutua, mirada sin colores de tanto bañarla en agua de sal. Destiñeron lo mismo que nuestras almas, perdiendo brillo y ganas de seguir el camino pedregoso. Son fuente inagotable de donde brotan las gotas que erosionan sin descanso nuestro yo, así como el viento merma las rocas milenarias con terrible tenacidad.

Mirémonos para buscar el consuelo mutuo si aún hay posibilidad y una remota esperanza si podemos encontrarla.

Los ojos lo dicen todo reflejando nuestra alma demasiado cargada para seguir adelante. Es el peso de la vida, del aprendizaje y el intento por saber.

Antes de apagar por siempre su luz, bajemos hasta nuestros avernos en busca de un rayo dorado para continuar avanzando. Insuflámonos nuestro último aliento, fétido por tanto cansancio, intentando traspasarnos por una intensa mirada.

Fundamos nuestras miradas, amor, hermano, amigo.

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