¡Necesito agua!

Agua de lluvia cayendo queda, refrescando mi piel marchita y empapándome el alma reseca…

Agua de lluvia titilando en el aire con miles de gotas susurrando a mis oidos el anuncio de un nuevo respirar. Agua celestial limpia digna de la copa plateada de un rey, tengo sed de pureza, de sabores insípidos pero refrescantes, quiero deleitar mis sentidos con ella: paladearla y sentirla bajar suavemente en mi interior, escuchar su sonido en mis cristales empapados, respirar su aroma en el suelo ardiente, dejarla deslizarse suavemente entre mis dedos entumecidos.

Pido a gritos lo mismo que la tierra yerma: un descanso húmedo, perder el aliento con ella en aquel líquido regenador. Estamos sedientas e impacientes por recibir este maná de lágrimas minusculas.

No importa como llegue; me gustan las tormentas, sus relámpagos rompiendo el cielo oscuro, sus truenos rugientes, temor de los niños, anunciando un denso chubasco penetrante hasta los mismos confines del infierno.

¡Ven agua, ven! Llénanos de tu preciado frescor, del milagro del revivir. Estamos todos ajados de tanta sequía; toda la naturaleza se lamenta en silencio, enseñando sus heridas abiertas de polvo amarillento, llorando su mala suerte: no tiene con que calmar la sed de sus hijos… Los árboles se tensan hacia el cielo buscando alguna nube, todas las plantas alargan sus raíces más allá de los avernos profundos con la esperanza de encontrar un poco de descanso fresco, los animales vagan en pos de un ríachuelo benefactor.

Necesito verdor, necesitamos verdor, aquel verde tan lustroso de la naturaleza en su esplendor.

Sólo el fuego disfruta, nada lo puede vencer, devora con avidez todo lo que encuentra a su paso, desde los árboles centenarios hasta los minúsculos insectos, cada bicho viviente, pequeño, mediano o grande huye delante de sus múltiples lenguas abrasadoras y los que pueden volar intentan escapar del humo asfixiante, el pico hipando en busca de aire. La mano humana y el monstruo llameante se unen para desintegrar tesoros indefensos, son maestros de la destrucción dejando a su paso devastador unas cenizas tan negras como su consciencia, los dioses protectores lloran con Demeter pero sus lágrimas no bastan. Hefesto no sacia nunca su hambre de destrucción… Y Gaia intenta luchar pidiendo ayuda pero el cielo se niega a abrir su esclusa salvadora sin saber que Gea vigila y no se rinde, su espera paciente hará que pronto renazcan  esmeraldas de los aparentes muertos. La vida siempre reaparecerá en forma de pequeñas yemas verdes y los seres volverán a criar para conseguir mantener su especie… Pronto se olvidará del drama, el círculo es eterno.

Necesito agua, necesitamos agua, sin ella nunca sobreviviremos, es nuestro pan de cada día; todos oteamos la bóveda demasiado azul zurcada de nubes artificiales con la esperanza de encontrar alguna señal de algodón grisaceo, pero la densa atmósfera es imperturbable, nada hace presagiar un consuelo, el tiempo se ha parado y las voces de auxilio son cada vez menos audibles.

¿Tendremos que danzar junto a una hoguera o hacer sacrificios para apaciguar a algún tiránico dios? ¿Hemos merecido tamaño castigo?

Muchos de nosotros hemos jugado con la vida y la muerte, manipulando y cambiando sin un solo miramiento de consciencia hacia las inocentes criaturas que pagarán con creces por un pecado ajeno. Mientras en alguna parte unos se deshidratan otros mueren ahogados, y maldecimos sin darnos cuenta que clamamos a unos oidos sordos, apuntando un dedo acusador hacia la nada.

Gaia está exausta pero no se rinde, sólo nos pide respeto y amor, que comprendamos lo pequeños que somos, que ella ganará siempre la partida… Todos los que la adoramos sólo le pedimos que nos bendiga desde su sabiduría anscestral y que nos reparta sus dones a partes iguales para saber que nos perdona.

¡Necesito agua, necesitamos agua…!

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