A lo largo de los años me he ido dando cuenta que el amor duele…

He conocido personas que por puro egoísmo, inercia o una mera incapacidad no aman, ni siquiera a sí mismas, se van amargando poco a poco pensando sólo en ellas mismas de forma equivocada apoyándose en la autocompasión  y haciendo de sus quejas un leimotiv que va creciendo a lo largo de los años. Muchas veces les he tenido una pura y dura envidia, sí envidia. Se ahorran un montón de sufrimientos, de lágrimas y de sentimientos de culpa o impotencia y he pensado si salía a cuenta padecer por nuestro entorno; parecen gente normal sin embargo son lo que se llama unas pasotas y seguramente son más felices que los otros muchos cuyo corazón se rompe o simplemente se va deshaciendo un poco más cada día.

¿Cuántas veces me he preguntado muy seriamente: vale la pena entregarse sin reservas hasta quedar hecho un guiñapo? Porque no aprendemos, volvemos a caer una y otra vez…

Hay muchas clases de amor: la familia, los amigos, el mundo animal y nuestras mascotas, a todo lo que te rodea y nos entregamos sin reservas, sin darnos cuenta o no queriendo darnos cuenta que nada es eterno, las sucesivas pérdidas acaecidas no te dejan tregua. Hay el amor correspondido, éste que colma la vida de momentos irreemplazables, el amor compasivo, el cariño etc…pero todos sin excepción tienden a ser una forma de posesión personal, sin amar no podríamos realizarnos como personas, hemos nacido con la necesidad de amar y de sentirnos amados, si no nos damos no nos sentimos a gusto con nosotros mismos. Es muy difícil encontrar el verdadero sentido del amor sin caer en un cierto afán de sentirse dueños de algo que no nos pertenece, nada ni nadie ha de sentirse privado de su libertad inalienable, pueden depender de nosotros por ciertas circunstancias pero no dejan de ser independientes, bien dice el refrán “el amor ni se compra ni se vende. Y la vida se encarga de abrirnos los ojos con experiencias dolorosas hasta que nos damos cuenta que cada ser es individual e independiente.

Separaciones, fallecimientos, las visitas que se van, las pérdidas acumuladas nos  dejan un auténtico puzzle desordenado en el alma y llega un momento que es imposible recomponerlo.

 Necesitas amar e intentas suplir las ausencias con alguna presencia que no hace más que complicarte la vida. Piensas no con la cabeza sino con el corazón hecho un ovillo enredado: ” no esta vez no me entregaré al cien por cien, seré objetiva y sabré encontrar la medida justa”. Pero vuelves a caer con todo el equipo ya que el corazón no tiene ninguna balanza incorporada que te indica el peso justo que tienes que buscar para no sufrir.

San Agustín escribió: ” la medida del amor es amar sin medida” Pero ¿quién es suficientemente fuerte para ponerlo en práctica y no acabar medio loco? yo personalmente no sé, no tengo este empuje reservado sólo para algunos privilegiados con una mente extraordinaria. A lo largo de mi vida he conocido personas u oído hablar de estos seres que supieron amar con esta entereza envidiable, supongo que estaban preparados gracias al Conocimiento, amaron y se entregaron sin recelo, sin pedir que continuase este idílico intercambio, se dieron sin condiciones, dejaron muchas cosas en su camino con una asimilación apabullante, sinceramente son un enigma para mí y supongo y temo que me queda una pila de vidas futuras para llegar a su altura… lo que tampoco pretendo, sería una falta grave de humildad, pero me gustaría aprender rápidamente para asemejarme a la famosa torre de marfil inexpunable de las Escrituras y resistir los embistes del karma dejando de preguntarme ¿porqué?.

Mi dios particular es un compatríota mío,: M. Ricard, creo que SABE ¿pero a qué precio? Leo, más bien me empapo de su sabiduría serena y cuanto más lo conozco más ganas tengo de tirar la toalla. Simplemente porque preguntar el camino cuando está cubierto de niebla densa es lo mismo que buscar una aguja en un pajar…

Sí, para concluir he de reconocer que he tenido el cielo enterito en las manos, no me arrepiento pero la vida cobra a todo ser viviente sus deudas, creo que es único medio de aprender. Con el pretexto de llamarnos “civilizados-adelantados” no hacemos más que complicarnos la vida por el mero hecho que nos hemos olvidado de la palabra aceptación y ahora vivimos con el temor de no saber dar lo suficiente, de perder lo que tenemos y que nos ayuda a resistir la vorágine de la época que nos ha tocado vivir. Y hasta que no aprendamos que hemos de crecer solos no habrá ninguna posibilidad de integrarnos con la absoluta felicidad del espíritu, la serenidad de saber que cumplimos con nuestra destino.
Impera el miedo, el miedo a perder lo necesario para mantener unos hijos, una casa, sobrevivir simplemente y dignamente, pero si a este miedo se añade él de las pérdidas afectivas nuestra  pierde su verdadero concepto porque nos complicamos, dramatizamos y perdemos de vista lo verdaderamente importante: la obligación de ser felices aprendiendo.

A pesar de los pesares no me arrepiento de amar, seguiré amando me cueste lo que me cueste y si me equivoco que me juzgue el amor.

 

Anuncios