Orwell está últimamente muy de moda con su novela 1984 y el Gran Hermano que nos está vigilando, el escrito participó activamente durante la Guerra Civil Española en Aragón donde está trazada ” la ruta de Orwell” en los Monegros. Es un tema que nos apasiona un buen amigo mío José y yo. Ayer decidímos recorrerla, desde luego el día no tuvo desperdicio…

Nos marchamos temprano y paramos en la ermita  de san Benito porque nuestra fisiología natural manda. Por suerte había unos baños extremadamente pulcros y aproveché, mientras estaba bastante “ocupada” salió de detrás de un cubo de fregar un ratoncito más asustado que yo. Llamé a José pidiéndole que atase a su perro Crispín para que no hiciera ningún daño al animalito…La verdad no me espanté pero noté un cierto presentimiento oscuro en mi estómago vacío, el día empezaba, no sé, rarillo; no soy superticiosa, dicen que da mala suerte…y seguímos nuestro camino.

José había estado hacía años en una ermita llamada de San Caprasio. //En una vida posterior tendré un hijo que llamaré Caprasio, nomás que por el recuerdo aunque su ira al hacerse mayor me fulmine…\\ y quería que la conociera, me explicó que había unas cuevas habitables reformadas donde iban personas a meditar y encontrarse con su Dios, la leyenda decía que aparte de la gente de bien había sido el cuartel general del último bandolero tipo Robin Hood en el siglo XVIII, bautizado con el lindo nombre de El Cucaracha y estaba claro que no me podía perder el bastión de un ladrón generoso cuando en mi época roba todo hijo de vecino sin castigo divino o humano. Por cierto la leyenda cuenta que el pobrecito murió envenenado por la Guardia Civil…

La ermita se vislumbra de lejos, me llamó poderosamente la atención su altura pero no hice ningún comentario. (Esta mañana en Google me acabo de enterar que está edificada a 834 metros y aún se me eriza la piel) .

Confieso humildemente que sufro del mal de altura, de un vértigo insuperable y que no me gusta ninguna clase de altura, a mí que me den tierra plana tipo sabana africa…¿No dicen que Dios está en todas partes? Pues eso…

Fuímos subiendo en coche sorteando toda clase de obstáculos y dando vueltas, por cierto me acordé en mi fuero interior del circuito automobilístico de Montjuich pero seguí sin abrir la boca. Tengo que decir que éste amigo no fuma, no bebe, es la austeridad personificada y le llevo 10 años…o sea que estoy en claras condiciones de inferioridad. Llegámos a una esplanada y me ví al pie de una subida semejante al K2 para mí pero subí sintiendo una sana envidia del perro y de su dueño que tuvo la deferencia de esperarme cuando me paraba resoplando como un buey después de arar a nuestra Gaia enterita. ¿Me iba a rendir? ¡Ni hablar!!!! Llegué arriba, con el corazón dando saltos pero llegué, no faltaba más….

Dímos la vuelta a la ermita que no sé por cierto quién desgració con antenas de todo tipo, una verguenza flagrante y me dijó mi amigo del alma: “agárrate que ahora bajaremos a las cuevas”. No sabía si reir o llorar…El camino resbaladizo, empinado a más no poder, para mí al menos, fue el principio del fin, yo agarrada a sus hombros y añorando con desespero la planicie llegamos a una especie de sendero con escalera metálica para llegar a las cuevas y me rendí, la subida por un lado y un precipicio cortado a cuchillo del otro, juré por todos los santos del firmamento que no daba un paso más, que él siguiera a su marcha pero que yo había recuperado el gusto por la vida hacía sólo unos años y que no me me movía del sitio, todo dicho con un temple que ni me lo creo yo. José siguió y fue a ver las famosas cuevas, en aquel momento apareció Crispín en busca de su amo…Yo ya lo veía despeñado lo mismo que José…Me alejé como pude del famoso precipicio, llamé al perro y le cogí del collar mientras su dueño hacía turismo a unos 50metros más lejos entrando y saliendo de las cuevas, haciendo fotos y mirando el paisaje con una evidente fruición. 

Ahora me río (bueno a medias) pero juro que estaba histérica por dentro, nobleza obliga, y este momento me pareció una eternidad…José al borde del precipicio, su perro intentando escapar y yo, ¡Dios mío qué horror!

Volvió el señor enterito, trepando y feliz: “ay Domi, lo que te has perdido! He hecho fotos y blablabla” Y la Domi acordándose de todo…menos del Eden. Me miró y tenía yo que tener tan mal aspecto que calló de pronto, imagínaos que no se había ocurrido siquiera encender un cigarrillo a mí que me moriré con una colilla colgando del labio. Pero es que lo peor estaba por llegar, había que volver al coche por un sendero estrechito, lleno de piedras, con el monte por un lado y el precipicio al otro, es decir: una frágil pasarela, el K2 y la bajada directa a los infiernos!!!José se portó como un campeón intentando relajar la situación, ” a ver si vamos a tener que llamar a un helicóptero, mira me das la mano, miras sólo dónde pisas, etc…”

Conseguí ponerme de pie, Crispín ya corría dichoso por haber recuparado a su dueño, me agarré con toda mis fuerzas a la mano salvadora de mi amigo, en la otra me apoyaba con un bastón de montañero y con exclamaciones tipo”que me mato” llegamos al coche donde entré hecha un despojo feliz y me dejé caer en el asiento, ¡estaba a salvo! Mi amor propio no tanto pero era lo último que me preocupaba. Luego reemprendímos la excursión más contentos que unas Pascuas e hice jurar a José que no me voviera nunca más a semejantes alturas a menos que hiciera un seguro de vida a su nombre por si acaso.

Pensé en mis mis queridos blogueros y me prometí contáoslo en cuanto volviese a casa. Bueno ya está hecho, reírse de uno mismo en buena compañía es un ejercicio muy saludable. Si antes tenía mis dudas ahora que jamás seré alpinista, que no me gustan las alturas de más de tres pisos y que nunca seré bandolera en la sierra…

Al fondo unos agurejitos: las famosas cuevas y allí donde están los valientes ciclistas, estaba yo muerta de miedo…bueno un poco más arriba y sin mirar…

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