Hoy mi pueblo ha vuelto a su tranquilidad acostumbrada, los tambores se han silenciado hasta el año que viene y sólo se trastocará la vida en las vacaciones de verano. No tiene el monopolio del turismo este pueblito aragonés de 961 habitantes, todos más o menos pasan por lo mismo sobretodo ahora con la crisis en que muchos han cambiado el apartamento o el hotel de la playa por la casa de su infancia en el campo.

Pero algo me pone furiosa cuando veo a estos peculiares turistas y opto por el silencio para no crear una polémica que todos conocen pero se callan por si acaso. La mayoría del turismo son hijos e hijas, nietos y nietas del pueblo que se fueron a buscar mejoría social a Catalunya o Madrid, cosa muy valiente y loable por cierto. Lo que no soporto son sus aires de grandeza en relación a nosotros “los pueblerinos”, nos miran como algo raro, un poco por encima del hombro…

Vinímos aquí por casualidad, buscábamos un terreno seco y acertamos pero mi esposo catalán, nieto y bisnieto de catalanes procuró siempre hablar lo mismo que yo el castellano, lengua española.

Él que hablasemos en casa castellano, catalán o francés era nuestra intimidad pero en público nos expresábamos en su idioma por respeto y educación.

Donde estuvieres, haz lo que vieres”

Y resulta que oyes hablar catalán de andar por casa para ¿fardar? pero ¿fardar de qué?
¿De qué tuvíste que dejar tu pueblo, tu región para buscarte la vida? ¿De qué si hablas catalán eres más que un aragonés?

Las señoras que están o estaban y a mucha honra en porterías, fábricas o sirviendo van a las tiendas del pueblo toda emperifolladas y he oído conversaciones que no tienen desperdicio:

“Ay prima, no sé cómo te aguantas aquí, sin un cine o una discoteca” (Claro en la capital cuando terminas de trabajar no piensas en otra cosa que en ir a baílar cada día)

“No sé cómo te arreglas teniendo que coger dos autobuses para ir a la ciudad de compras o al especialista” (Claro cuando sales de baílar o del cine te vas cada tarde de tiendas)

Y de verdad que me sube un no sé qué y me tengo que morder la lengua para no inmiscuirme en la conversación, por eso decía me quedo tranquilamente en mi casita para no oír tamaños disparates.

Me gustaría preguntarles cuánto tiempo tardan para llegar a su lugar de trabajo, cuántos cambios de autobus o metro tienen que hacer sin contar la espera. De mi pueblo a Alcañiz se tardan unos 25 minutos yendo a cien/hora, seguro que ellas emplean mucho más tiempo y si de vez en cuando si tengo ganas de cambiar de ambiente tardo lo mismo con mi coche o en un santiamén estoy en Zaragoza.

Luego me encontré con catalanes de adopción que en reuniones o comidas hablaban descaradamente entre ellos sin preocuparse en absoluto de si les entendían sus padres o abuelos con el consiguiente enfado de la familia “pueblerina”. No existe claro este problema de idioma con los madrileños de adopción y me parece muy bien que se aprenda el idioma de donde vives, adoptes sus costumbres y demás pero creo que todo ha de ser dentro de un orden, yo misma me fuí a estudiar el catalán a una escuela de adultos.

Señoras y señores, ¡qué poca memoria tienen ustedes con todos mis respetos claro, no hace demasiados años que está instalada el agua corriente en las casas, ¿no se acuerdan cuando iban al lavadero público o a la fuente más próxima? ¿No se acuerdan cuando ustedes los caballeros dormían con los mulos en el pajar donde tod@s iban a hacer sus necesidades mientras que vuestras hermanas dormían separadas de vuestros padres por una simple cortina?

Y omito varios detalles…

¡¡¡Menos lobos Caperucitas!!!

No ciudadanos de medio postín, no nos miréis por encima del hombro y menos a vuestra familia porque a mí vuestra opinión me importa menos que nada pero me duele por estos ancianos que han luchado día y noche para criaros.

Reconozco que acostumbrarme a vivir en un pueblo me costó mucho tiempo, fue un cambio brutal en todos los aspectos pero hoy por hoy no cambio la verdura tierna y fresca que me dan recién cortada por una lechuga sacada de un frigorífico, no cambio el aroma de la tierra abonada por el olor a monoxido de carbono, no cambio el cielo limpio por la nube de contaminación. Y esta tranquilidad, este silencio, a ver si en una capital no se despiertan con los coches, los ruidos y la bulla…Aquí pues nos despertamos cuando suena el despertador o porque ya hemos dormido bastante, eso sí que es paz y gloria.

En el pueblo nos conocemos tod@s, es un inconveniente por un lado, estamos pendientes de las últimas historias de fulano o mengano pero casi lo prefiero, al vivir sola cuando he tenido algún percance la gran mayoría me ha echado una mano, en una capital no conoces ni a tu vecino de puerta.

Tengo que decir también que no todos son iguales, muchos han vuelto a sus raíces una vez jubilados, tienen l@s hij@s en la capital pero en cuanto pudieron decidieron envejecer en su pueblo natal, cultivando el huertecito del padre y olvidando el bullicio de la gran ciudad.

Sé que esta situación desagradable y un poco triste no existe sólo aquí, pero me gustaría que no se presente en ningún lugar, todos somos iguales seamos de pueblo o de ciudad. ¿Qué más da?

Lo único importante es que seamos respetuosos y tolerantes.

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