Los comentarios de Victor y Cristina me hicieron darme cuenta que la entrada de ayer tenía más temas y no me gusta dejar las cosas a medias. Gracias a ellos dos.

Victor me hablaba de su abuela que desconectó de la realidad despacio pero sin tregua, afectada de la cruel enfermadad de Alzheimer poco tiempo después de dejar su casa. Las personas mayores viven muy apegadas a su entorno donde estuvieron  acumulando objetos a lo largo de los años, viven rodeadas de sus cosas, testimonios de las vivencias de una larga vida, en su casa, sus muebles, sus vecinos, cada menudencia tiene una importancia vital para ellas…

Seguramente que esta buena persona ya padecía esta enfermedad pero el cambio la acceleró y fue el desencadenamiento degenerativo.

¿Hay algo más triste que un anciano desnudado, despojado de sus pertenencias más preciadas?

¿Aquella casa dónde vivió sus mejores años, donde los hijos crecieron y donde compartió amor, felicidad, amarguras y trabajo, cuyos muros retumbaban aún de risas infantiles y de voces entrañables?

¿Aquellos muebles elegidos con la ilusión de la juventud y comprados con algunas fatigas, ahorrando peseta a peseta? /La época de entonces no permitía muchos gastos en lujos/

¿Aquella mesa dónde se reunía la familia compartiendo alimento, momentos inolvidables e largas conversaciones?

¿Aquella cama dónde selló su amor con otro ser, dónde nacieron sus hijos sin más ayuda que una vecina a cambio de un pequeño salario?

¿Aquella ropa cuidadosamente doblada en un viejo armario, puede que un ajuar bordado con tánto amor y planes de futuro, puntada a puntada, robando horas al sueño y guardado con un esmero casi maternal?

¿Aquellos objetos, cositas compradas o regaladas en aquella u otra celebración? Estas nimiedades adornando su hogar, que ella limpiaba de polvo con cuidado y delicadesa con sus manos cansadas de tánto trabajar y se quedaba mirando con dulzura ensimismada en sus recuerdos, sentada en su viejo sillón tán cómodo?

Y de repente este ser cargado de años  se encuentra exiliado en un medio desconocido, entre personas nunca vistas y un entorno frío e impersonal. La planta ha perdido sus raíces, el tiempo apremia y no tendrá fuerzas para enraízar de nuevo.

El gran argumento “limpiador de consciencias” : aquí no tendrá que preocuparse por nada, estará bien atendida y alimentada, no le faltará nada.

¿Es que sólo de pan vive el hombre?

Le faltará todo lo importante para vivir: todo lo que le arrebataron sin preguntar, y aquellos enseres tan apreciados irán a un contenedor, años de recuerdos terminarán en la basura o quemados o vendidos…

“Mejor desconecto, no tengo ya nada ya verdaderamente mío, he perdido mis objetos y mi vida pasada, mi viejo cerebro funcionaba aún con lucidez entre ellos, eran el hilo delgado que me retenía aquí.”

El ser humano nace sin nada, su única pertenencia es su vida, pero a lo largo de los años va adquiriendo bienes materiales y sobretodo objetos que terminan formando parte de él. ¿Porqué no permitirle irse rodeado de ellos? No tiene nada que ver el materialismo, no importa su valor mercantil sino su valor sentimental. ¿O es qué los ancianos no tienen sentimientos?

Los habitantes del pueblo donde vivo son en gran mayoria bastante mayores, los que quedan tiene un solo deseo: quedarse en sus casas hasta el final, otros ya se han ido obligados o por voluntad propia.Las ventanas de sus hogares con las ventanas cerradas a cal y canto parecen ojos cerrados demasiados agotados para seguir mirando la vida, detrás de las puertas van cubriéndose de polvo añejo los objetos abandonados a su suerte hasta que alguna pared se derrumba con el clamor de un último lamento falto de cuidados. Aquí hay muchas casas sin nadie que las ocupe, van deshaciéndose bajo las inclemencias del tiempo e invadidas por las plantas, mueren de abandono y pena, su vida acompañó el último morador.

Siempre me acordaré de mis padres en sus casi últimos momentos, mi madre me hablaba de un cierto panuelo que tenía por costumbre tener en la mano para dormir y de unos calientapies, se marchó con ellos. Mi padre ordenaba mentalmente sus más preciadas posesiones, luego me decía “da esto a aquel, da lo otro a tal”. Había heredado de mi abuelo un magnífico reloj antiguo y una escopeta con adornos de plata, no quise que se vendieran, mi tío se los quedó y supongo que aún están en la familia. Ninguno de sus objetos más queridos fueron a la basura, si no me los quedé yo fueron a parar a manos de amig@s o centros sociales. Lo hubiera considerado una ofensa a su memoria.

Todo a nuestro alredededor tiene vida por muy insignifante que sea y tiene derecho a ella

Cuando me ingresaron la primera vez me recomendó mi médico esconder todos los objetos que habíamos compartido mi esposo y yo, con el tiempo los he vuelto a sacar, ya no duele verlos. Porque hay objetos dañinos para nuestro equilibrio mental, pero el tiempo va poniendo todo en el sitio que le corresponde.

Tampoco hay que caer en el Síndrome de Diógenes, está claro que no hay ningún apego sentimental sino una extraña manía de amontonar objetos de cualquier clase y proveniencia. El enfermo molesta a sus vecinos y vive en condiciones lamentables, tener algunos objeros de recuerdo forma parte de nuestra condición humana, amontonar cualquier cosa es un grave trastorno mental.

Admiro sin envidiar esta nueva moda del minimalismo, las personas que lo practican tienen una fuerza interior que yo no poseo o siguen unas pautas que no comparto.

Pienso que hemos de buscar un término medio como en todo.

De vez en cuando me deshago de cosas que sólo me ocupan sitio y no tienen para mí un significado sentimental,  las regalo a personas que las necesitan más que yo. Pero raras veces las tiro a la basura, seguirán útiles y apreciadas en otras manos.

Me duele pensar a dónde irán todos los objetos que amo,tampoco son demasiados pero me he rodeado de ellos colocándolos en el sitio más pertinente, sé exactamente dónde está cada uno para ir a observarlos y acariciarlos cuando la nostalgia me invade y me da miedo que vayan a parar a manos que no los sepan apreciar.

A veces he tocado objetos ignorando su prodecencia, estaban cálidos desprendiendo un algo indefinible pero lleno de amor.

Sé que las personas que he amado siguen vivas a través de mí y de los objetos suyos que contemplo con ternura porque el ser humano puede morir de muchas formas: cuando le separan de sus recuerdos tangibles, cuando su corazón y su cerebro dejan de cumplir su función y cuando se les olvida.

Dedicado a la abuela de Victor y a todas las abuelas.

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